Comité Popular por Nuestros Territorios – FRENTE A HABITAT III

Urbanización salvaje: Causas, efectos, necesidad de respuestas – Andrés Barreda

Urbanización salvaje: Causas, efectos, necesidad de respuestas

Andrés Barreda, CASIFOF, México

 Durante los días 1 y 2 de agosto se realiza en la Universidad Andina Simón Bolívar, en Quito, el Seminario ¿CIUDADES PARA LA GENTE O LAS CORPORACIONES? Una visión crítica de Hábitat III desde la Ecología Política. En la mañana del lunes, contamos con la prestigiosa exposición de Andrés Barreda, profesor de la Facultad de Economía de la UNAM que se ha dedicado a temas como capitalismo contemporáneo con especial énfasis en problemas de espacio, territorio y acumulación de capital. Aquí  destacaremos los principales puntos de la su exposición “Urbanización salvaje: Causas, efectos, necesidad de respuestas”.

Hace 20 años Andrés Barreda viene construyendo una crítica a lo que llama “civilización petrolera”, “hermano gemelo” de la urbanización salvaje, que a su vez  es producto de las formas también salvajes del capital. Sin embargo, ¿qué es la urbanización salvaje?

Según Barreda, la urbanización salvaje es el proceso de crecimiento ilimitado de las ciudades, que implica en el crecimiento y concentración de población. El crecimiento de población no sé da únicamente de forma natural, de acuerdo con los deseos de reproducción, sino más bien se somete a la “Ley de Población”, es decir, a los requerimientos de población del capital. Con el crecimiento de la población y la presión por la sobreexplotación, se genera a final la creación de un ejército industrial de reserva, tal cual lo menciona Marx, a fin de explotar un mayor plus valor. Es decir que hay una producción provocada de población, y luego de ciudad, de acuerdo a los intereses del capitalismo.

Barreda señala que a partir del siglo XX – y especialmente en la segunda mitad –  el crecimiento de la población y de las ciudades nunca fue tan brutal. El crecimiento de las ciudades responde a un proyecto específico, que es finalmente la base del problema.

Hay otra determinante global para la urbanización salvaje que es el proceso de “descampesinación”. Existe una guerra declarada contra la población del campo en la cumbre Hábitat II, que se celebró en Estambul. La conclusión central en este entonces fue que la mayor parte de la población del planeta aún era rural. Desde ahí se trazó una meta: que al menos el 75% de la población del mundo tiene que ser urbana. La concentración urbana en las ciudades pasa a ser vista como solución a problemáticas como  la pobreza. Eso porque Naciones Unidas considera las ciudades como los espacios deseables para la vida, en realidad, son espacios perfectos para la acumulación del capital.

La “descampesinación”, según Barreda, deja las “manos libres” para el desarrollo global de la agricultura industrial; para la extracción de todo tipo de recursos naturales; permite la globalización de las diversas redes de infraestructura (redes de todo tipo, megaproyectos), lo que Barreda llama de “tarántulas” que van tejiendo y ocupando los territorios.

La urbanización salvaje consolidó el crecimiento insustentable de las ciudades como algo inevitable;  crecimiento este que es un tipo de infraestructuras, de conjuntos de objetos entrelazados entre sí, fuerzas productivas, un crecimiento extraordinariamente nocivo que se masifican en un proceso completamente fuera de control, especialmente a partir de la segunda guerra mundial. Esta es la fecha fundamental. A partir de 1945 este proceso nos entrega un capitalismo absolutamente desconocido en las fases previas. Y lo que ha hecho el crecimiento de las ciudades o su hermano gemelo de la civilización petrolera a partir de este momento es específico dentro del proceso.

Un siguiente punto es que si ese fenómeno urbano ya era extraordinario y nocivo en el siglo XIX de las ciudades del carbón, se agrava aún más en las civilizaciones del petróleo del siglo XX. No solo tenemos un proceso vinculado a fuerzas productivas y valores nocivos, además este conjunto civilizatorio se encuentra sujeto a un patrón técnico especial, que es el patrón técnico petrolero, que se instaura  primero en EE.UU. Cuando EE.UU. se convierte en la potencia hegemónica mundial, después de ganar la Segunda Guerra, el patrón petrolero ya no es americano sino que comienza a ser planetario. Lo que tienen en común la Unión Soviética y los EE.UU. es que ambos son países petroleros. En la Segunda Guerra Mundial, quien ganó fue el petróleo y quien perdió fue el carbón. Para Barreda, esto puntos fundamental para entender el fenómeno de urbanización salvaje. Desde la Segunda Guerra Mundial, lo que hay es el establecimiento de la civilización petrolera, que organizan la revolución vehicular, como una revolución de vehículos, todos movidos por petróleo.

El principio de la urbanización salvaje se pauta en la subordinación de la organización del espacio y del uso del suelo al desarrollo brutal e ilimitado del principal sector industrial de la economía planetaria: la industria automotriz. La industria automotriz es la locomotora del proceso industrial de hace más de 100 años, sostiene Barreda. En las nuevas ciudades, la revolución automotriz incorpora también otras formas de movilidad a base de petróleo, como son los aviones y helicópteros, por ejemplo. La revolución vehicular va más allá del automóvil.

Las ciudades no son una invención del capitalismo, responden a una necesidad humana muy antigua, pero no son de estas ciudades más de las que estamos hablando. Las ciudades actuales, de la forma que la conocimos, salvajes, están estrechamente vinculados a las necesidades del capital.

La organización del uso del suelo impone un límite a la utilización y apropiación de los centros urbanos por los pobres, que han venido ocupando los centros después de la 2 GM, pero que el proceso neoliberal ahora despoja de ese nuevo espacio propicio para la acumulación urbana. Como afirma Barreda, “cualquier tipo de infraestructura implica despojo”. Las transnacionales se apropian del espacio y despojan el comercio ambulante. Esta es la privatización del comercio, de la vivienda, es decir, la privatización de la vida misma.

La urbanización salvaje se basa en ciudades que se expenden sin control, que devoran el medio rural y que roban al campo todo lo que tiene (agua, aire, tierra) y se lo regresa como basura, aguas contaminadas, aire contaminado. “Es decir, son ciudades que llevan a cabo metabolismos que entregan residuos putrefactos y eso han hecho siempre desde la revolución industrial”. Las ciudades siempre han dominado el campo, pero las ciudades neoliberales tienen la particularidad de crear dimensiones verdaderamente indescriptibles.

Nuestras ciudades salvajes, además, se convierten en un espacio clave de especulación financiera y lavado de dinero. La vida urbana, según Barreda, “es una concentración de propietarios privados, de átomos aislados, de individuos que no hablan con nadie y que repulsan la idea de comunidad. Las ciudades son súper máquinas de atomización de los individuos y de súper consumo, de insensibilización. El centro concentra la obsolescencia programada, el derroche del mundo petrolero”.

Para finalizar, y tomando el pensamiento de Barreda, la explotación petrolera, finalmente, es la base de toda la acumulación del capital desde la segunda mitad del siglo XX y del desarrollo de la urbanización salvaje como tal cual hoy la conocimos y la vivimos a cotidiano.

Por Lina Magalhães

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Esta entrada fue publicada en agosto 10, 2016 por .

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